L’Arxiu

Benvingudes i benvinguts al món màgic de Profanus

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Una declaració íntima que comença en castellà rioplatenc.

Qué difícil comenzar a bajar las ideas que habitan en mi cabeza, que crecen, se entrelazan, mutan, se instalan.

Esta historia comienza en Buenos Aires, Argentina, hace algunos años. Trabajaba en un museo de historia y arqueología urbana y, lejos de enquistarme en los soportes anacrónicos del diseño museográfico, buscaba diferentes maneras de acercarme a la gente, de poder contagiarles aunque sea un poquito de la pasión que la investigación desata en mi alma. Cada vez que sumábamos un nuevo guía al equipo la instrucción que le dábamos era la misma: si el visitante no se emociona, no hemos cumplido con nuestro objetivo.


En este museo se exploraba la historia del país donde nací y el desarrollo de la ciudad que lo hospeda a partir de la superposición de vidas, años y funciones de una casona de ladrillos y adobe. Y juro que no exagero: la gente surfeaba un mar de emociones durante su visita, regalándonos incluso algunas lágrimas.

 

Cuando la idea de migrar se volvió más sólida, un poco del trabajo que hacía en este museo supo extrapolarse hacia mi propia historia. Ya volveré sobre esta idea. No es raro que una persona que está a punto de dejar todo lo que conoce atrás busque entenderse, repensarse. Los movimientos mentales que supone una migración son incluso más fuertes y significativos que los físicos.

Al principio pensaba en aplicar para trabajar en un museo barcelonés. Incluso llegué a sentarme a reacomodar mi currículum para presentarlo en un país diferente: Magíster en Historia del Arte, adelantaba el encabezado. Pero claro, allá el término que se usa es el de Máster. Corregía entonces. Dos años de cursada y dos años de investigación de tesis. Momento, allá los másteres duran un año, ¿cómo se traduce entonces mi título?

Imagínense que, si esto era abrumador, ahora tendría que entender una cosmovisión nueva… Tramitar un nuevo DNI que incluyera el apellido de mi madre y que dijera que, además de argentina también era española; buscar un nuevo departamento, que ahora se llamaría piso; entender cómo funcionaba la salud pública local, las leyes laborales, el régimen impositivo, que hay calles en las que se debe de aparcar del lado izquierdo durante los primeros quince días del mes y del derecho los restantes… Y acostumbrarme a que la segunda persona del plural ahora sería vosotros y no ustedes, y que este párrafo debería haber comenzado por imaginaos y no por imagínense.

Detrás de una ola de incertidumbres que cada vez se agitaba más, las dudas y cuestionamientos crecían sin descanso. ¿Quién soy? ¿Qué quiero hacer? Empezar de nuevo puede ser liberador y abrumador al mismo tiempo.

Una cosa tenía en claro: Cataluña es un país en sí mismo y su gente está orgullosa de su herencia. Es por eso que, mientras miraba todos los objetos que había acopiado durante los 36 años que llevaba sobre esta tierra y elegía cuál traerme, cuál dejar atrás, cuál regalar (y a quién) y cuál vender, me acerqué al Casal de Catalunya de la calle Chacabuco, en mi queridísimo barrio de San Telmo, para averiguar por clases de catalán. Todos mis amigos se reían de mi ansiedad. Todavía no tenía billetes de avión y ya estaba queriendo estudiar otro idioma. Pero ya no había vacantes. Iba a tener que aterrizar sin saber hablar la lengua del que sería mi nuevo hogar. Estarán (estaréis) empezando a entender que soy una persona de obsesiones fuertes.

Pero les contaba del museo, El Zanjón de Granados, y cómo esa experiencia se proyectó en el más íntimo de mis huesos. Las visitas siempre comenzaban igual, hablando de la familia que había construido la casa. El año en que lo habían hecho. A qué se dedicaban, por qué habían podido levantar semejante caserón y las razones por las que tenía una fisonomía tan particular. Seguía por presentar el proyecto de restauración, a la familia que había dedicado más de 20 años a investigar, arrojar luz y devolverle la vida a ese lugar. Hablaba de Don Jorge, que empezó siendo mi jefe pero terminó convirtiéndose en mucho más. Cuando finalmente y entre llantos tomé el valor de decirle que me iba, me contestó “para ver crecer a un hijo hay que dejarlo ir”. Lo escribo y vuelve a hacérseme el nudo en la garganta. Soy una persona bastante llorona, además… Y seguía introduciendo a las familias migrantes, que habían venido de muchos lugares de Europa, buscando dejar atrás el hambre, la guerra y la persecución política, que habían habitado esa misma casa desde finales del siglo XIX hasta bien entrada la década de los 70s, durante el XX. Allá les llamamos conventillos: cada habitación de la casa era habitada por una, a veces hasta dos familias, compartiendo sus patios y terrazas. En esta casa en particular habían convivido hasta 100 personas al mismo tiempo. Se escuchaba hablar castellano, italiano, alemán, francés, ruso, polaco… Los vecinos se volvían familia aunque ni siquiera hablaran la misma lengua. Todo eso se podía contar a partir de algunos ladrillos que alguna vez habían sido asentados con adobe y la palabra familia no dejaba de repetirse, como habéis podido atestiguar con tan solo leer estas líneas.

¿Y qué podían decir mis ladrillos, mi andamiaje, mis raíces? ¿Con qué se amalgamaba toda la historia de esta casa que es mi persona? Me llamo María Eugenia García. Ahora, María Eugenia García Domínguez. Mi abuelo paterno había llegado a Buenos Aires desde Asturias con sus padres, siendo él muy pequeño, para crecer en un conventillo de la calle Chacabuco, en el barrio de San Telmo. Ahí tenemos las primeras coincidencias. Habrá muchas más. Durante su adolescencia, y en la escuela de Bellas Artes de Avellaneda, conoció a Nora y se casaron. El arte atraviesa a mi familia desde hace ya varias generaciones. Conservo incluso algunas xilografías hechas por mi tatarabuelo, que un poco me recuerdan a esos rostros sueltos, bellísimos, y un poco esquemáticos de los dibujos de Egon Schiele.

 

El apellido Domínguez me llega por mi abuelo materno, primera generación nacida en suelo argentino de una pareja gallega que se había conocido en el barco que los conducía hacia su mayor aventura. Si yo nadaba en incertidumbre, no podía comenzar a imaginarme la que ellos deben haber sentido correr por sus venas al subirse a un transatlántico, sin saber qué les deparaba del otro lado. Pero vuelvo a mi abuelo. Se crió en un pueblo de campo soñando con ayudar a la gente, y creció para convertirse en enfermero. Sus padres no sabían leer ni escribir. Un día, su mejor amigo, perdidamente enamorado de una jovencita, consiguió ese añorado después de invitarla a tomar un helado y, como ella iba a ir con una amiga chaperona, le pidió como favor que lo acompañara. Así fue que Oscar Domínguez conoció a l’Elsa Vila, una catalana más acomodada y caprichosa y todo lo que hasta ese momento no sabía que necesitaba para ser feliz.

 

L’Elsa, o Beba, como todos la llamamos, tiene casi 100 años. Nunca habló mucho de las circunstancias de su vida de niña, aunque guardó algunas historias que nos dieron algunas pistas. Cada 5 de enero había que hacer bondad si queríamos que los Reyes del Oriente nos trajeran regalos, porque el Patge Fumera, que era invisible, había entrado por la chimenea y nos estaba mirando. Su casa no tenía chimenea, pero nadie se había detenido en ese detalle. El secreto del éxito que había golpeado repentinamente a nuestro vecino Pedro, seguramente lo había encontrado en una espiga de trigo: debe ser obra del Bocarrot, decía. Eugenia, tancá la puerta que se mete el Bufarut (más tarde entendería que era la castellanización rioplatense del imperativo catalán tanca).

La abuela no contaba mucho de su infancia, pero sí sabíamos que la familia era de Barcelona. Había una fotografía del bisabuelo dando vueltas por la casa, vestido con un traje que siempre me pareció impoluto, inquebrantable, prístino: como si hubiese sido tallado para una escultura. Y un sombrero de verano. L’avi era molt galant. Muchos años después, salteando una generación, aquí estoy, en esa misma ciudad que servía de escenografía en esa fotografía. Con mi marido, Leandro García Pimentel, artista. No nos conocimos en la universidad de arte, pero sí fue él quien me invitó a tomar una cerveza para contarme sobre la carrera, y terminamos estudiando en el mismo lugar. Podría pasar por coincidencia, si me lo permitís. Y cómo no contaros que también vinimos con nuestro perrito senior, Don Godard García de la Pelota. El tipo más genial que habita en este planeta.

Antes de migrar, y tratando de entender mis raíces, es que comencé mi investigación sobre mitología catalana. A nadie le pareció muy extraño, siempre me interesé en entender las historias que hacen a un pueblo y forjan su identidad y carácter. Pero necesité llegar aquí para profundizarla. Tramité mi carnet de la Xarxa de Biblioteques y me zambullí. ¿Recuerdan que no había conseguido cupo para estudiar en el Casal de Catalunya? Todos los libros estaban escritos en catalán, por lo que tuve que aprender a leerlo antes de poder pronunciarlo: Softcatalà, IA (varias), traductores, mucha intuición. Así descubrí tantas versiones de estas historias que habían nacido desde la oralidad como pude. Y visité tantos pueblos como me dio el tiempo.

Cuando trabajaba en el museo, creía que las historias particulares de ese caserón servían como excusa para hablar del desarrollo de Buenos Aires, pero pronto comprendí que era al revés: esa historia generalista de una ciudad entera era la que terminaba por explicar la individualidad de cada una de sus partes, con su riqueza y su miseria. Personas con nombre y apellido, que brindaban sus propias experiencias para la construcción de un relato colectivo. Y, mientras más descubría las historias de estas tierras, más entendía que podía verme reflejada en sus relatos. Estas mitologías, en principio lejanas, me permitieron comprender un poco más sobre mí misma.

I, finalment, anava a arribar el moment en què començaria a estudiar català. Em vaig adonar de la importància de fer-lo servir, de connectar amb la gent parlant la mateixa llengua que tant orgull els dona. Aquestes llegendes s’han transmès de generació en generació amb els sons d’una nació plena d’història i tradicions.

Aleshores, vaig buscar ajuda per escriure la meva investigació en català. I vaig decidir traduir-la al castellà i a l’anglès perquè tothom pugui conèixer els personatges, els llocs i els mites que sostenen aquesta cultura.

I per què un tarot, us preguntareu… Quan escrius històries orals, les congeles. No volia fer això. Potser, fent servir la baralla, aquests relats continuaran mutant, enriquint-se, creixent. I perquè, cada vegada que ho necessito, truco a l’Argentina per demanar-li a la meva àvia de 100 anys que em curi el mal d’ull. La màgia ve de la seva mà. Una altra coincidència.

Ara soc l’Eugènia. La mitad de mi vida está en la Argentina, i l’altra meitat és aquí, a Barcelona. Pero no me siento fragmentada, sino elástica. Mi cuerpo simbólico crece y Profanus es el corazón que une todas mis singularidades, les da forma e invita a crear comunidad. Esta es mi historia particular con la cual explicar un fenómeno más grande, aunque ese discurso termine por definirme a mí también. Como las historias que alguna vez pasaron por la casona de Buenos Aires, que hoy es museo.

Si habéis llegado hasta aquí, benvingudes i benvinguts al món màgic de Profanus. Las siguientes entradas se enfocarán en mi proceso de investigación, en profundizar las historias que hemos elegido para crear el Tarot Profanus, en presentar posibilidades de análisis y lectura de la baraja… Y quizás también, quién sabe, alguna que otra descarga personal, como lo fue esta introducción.

Us convido a fer xarxa. Profanus va néixer d’un procés personal, però segur que creixerà al vontant d’una comunitat.

Continuem creant la nostra història.


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